El sabor del Palulú (o Palodul, o Palolú o Palodú pues cada uno lo llamaba de una forma) era como regaliz, yo creo que es una raíz de la planta del regaliz. El olor que desprendía era fuerte e incluso desagradable. Cualquier persona por tonto que fuera sabía si habías comido Palulú, no solo por el olor, sino porque siempre se quedaban restos en los dientes, pareciendo auténticos mellados.
El caso es que en Sigüenza no lo vendían, y poco a poco se había puesto de moda. Los internos decían que se vendía en el Rastro, territorio totalmente desconocido para mí en esa época. Aún me preguntó por qué mis padres nunca me llevaron, era el paraíso de los cromos de fútbol y gilipolleces varias, única preocupación que tenía en esa época.
Un día, a la salida del videocine, algún listillo, me acuerdo quien era, que conste, nos dijo que era fácil encontrarlo, que se sacaba de las raíces de las acacias, que fuéramos a las acacias del puente del Vadillo que allí había. Pues nada, con el barrancazo que había y hay, allí nos pusimos a “escarbar” raíces de acacias poniéndonos las uñas como un carbonero. Nuestra inteligencia y pericia no sólo acabó ahí, sino que acto seguido y tras lavar los palos que habíamos cogido en la fuente de la Catedral, nos pusimos como gilipollas a chupar acacia. Evidentemente, la acacia sabía a acacia y a tierra, y ni gota a Palulú.
Pasado un tiempo, me acuerdo que la Loli lo trajo y al principio se vendía como rosquillas, ibas por la Alameda y todos con un palo en la boca, algo así como lo que nos contaba Nacho Cope del Qat que todos mascaban en Yemen.
Pasado un tiempo y tal y como sucedía siempre, cuando el Palulú, o lo que estuviese de moda era algo normal se quedó anticuado, y qué sé yo, se pondrían de moda los go-gos (especie de tabas de plástico), los push pop (caramelo que metías el dedo) los chupachuses pintalenguas o Chiquito de la Calzada.
Desde entonces no he comido Palulú, lo he visto en el Rastro varias veces, pero de pequeño me hinché y ahora no me atrae mucho, prefiero una garimba.






