Fin de semana en Barcelona. El motivo, además de disfrutar de los pocos días libres que voy a tener de aquí a que me jubile, no era otro que el concierto de Bruce Springsteen. En un Camp Nou entregado, con una media de edad muy superior a la mía, dio todo un recital de lo que hoy se debería conocer como un múscio o un artista. Canciones como Born to run, The River, Waiting on a sunny day, Jungleland o el clásico de los Beatles Twist and shout, mezclado con la Bamba, me hicieron divertirme como un loco y ver que me encontraba ante uno de los más grandes.
Mis amigos que lo habían visto en Madrid y San Sebastián, me habían avisado que durante las tres horas de duración del concierto, no te daba tiempo a aburrirte demasiado, incluso aunque no supieras las canciones del nuevo disco, algo totalmente cierto. De hecho, mi amiga Virginia me dijo que eso sí que era un concierto y no los que solemos ir.
Yo pensaba que después de haber visto hace dos semanas a The Police y haber comprobado el chorro de voz que tiene Sting, no me podía sorprender. Pues no, las comparaciones son odiosas, pero a The Boss, lo llaman así por algo. Sería poco serio hablar solo de Bruce y no de la E Street Band, vaya músicos, qué batería, qué saxofón, qué solos de guitarra, incluso destacar la presencia de Steve Van Zandt, actor de Los Soprano. Una pasada.
Pero Barcelona no solo era Bruce Springsteen, también fue una visita a una ciudad desconocida para mi hasta entonces, fue un día de playa, fue un paseo por las Ramblas, una vista al puerto, fue una salida nocturna por el Borne, y fue disfrutar de una buena compañía.
En fin, qué poquito me queda. Paso los días mirando el calendario con deseo de que llegue el día 31 y con él las vacaciones. Ni la búsqueda de piso, ni mi modificación salarial, ni el hecho de que esta semana trabaje solo tres días, ni que esté próximo mi cumpleaños (motivo de tristeza y no de alegría en mi caso), ni el viaje a NYC, ni las fiestas de San Roque, pueden dejar que piense en el día 31.