Cuba tiene encanto, eso es innegable. Un encanto visto a ojos de un turista que vive una democracia, de mayor o menor acierto, un turista que hace dos o tres comidas al día, que viste dígnamente, o que símplemente puede salir de su país cuando se le venga en gana.
Cuando visité la isla, aprecié ese encanto nada más aterrizar. Lo que más me impresionó fue el contacto con la gente, en su mayoría pobre de solemnidad, pero más preocupada por mostrar una sonrisa en la cara que por lamentarse día tras día. Intuyo que habrá más felices por metro cuadrado que en cualquier otro país. Un día conversando con Lázaro, un camarero que me enseñó a preparar el mojito cubano como Dios manda, me contaba lo que él ganaba y cómo era la vida en Cuba, decía que sólo vivían bien los músicos y los deportistas y que los demás pasaban la vida sin más pena que gloria.
Cuba es un país de contrastes. Tras la caida de la URSS, el dictador Fidel Castro se agarró como un clavo ardiendo a los promotores hoteleros aún sabiendo que el producto era uno de los máximos exponentes del capitalismo. La zona hotelera con Varedero a la cabeza, nada tiene que ver con La Habana. Nadie debería morir sin haber visitado el malecón y las calles de La Habana.
Tomar un mojito en un catamarán que navega por aguas limpias mientras sostienes un cigarro habano, no tiene nada que envidiar a ser convidado a un arroz tostón en la casa de un guajiro. Ese es el verdadero encanto de Cuba. Las puertas de las casas siempre están abiertas y eres invitado a pasar, y lo que para el turista supone un dólar a ellos les puede remendar un descosido. Aún guardo la cartilla de racionamiento que me regaló una muchacha en la Catedral de La Habana como recuerdo tras darle los jabones del hotel y un par de bolígrafos.
Desde que a bordo del Granma Fidel Castro tomara las riendas de Cuba, expulsando a Batista, no ha abandonado el poder, hasta que ayer mismo habló. Hace años, prometió a García Márquez morir con los deberes hechos, deberes consistentes en dejar su herencia en forma de sucesión.
El futuro de Cuba está marcado por la caida del régimen castrista, caida que arrastrará el encanto de la isla. ¿Qué precio tiene el encanto cubano? ¿ese encanto pasa por la pobreza, por la libertad de expresión, por una sanidad verdaderamente de calidad en contra de la opinión generalizada, por unos sueldos dignos, por los la libertad de pensamiento y de tránsito? o bien es preferible continuar con la Cuba-Museo. Es obvio que nadie quiere ver un McDonalds en la Plaza de la Revolución, y que es más bonito ver cadillacs del 50, en vez de un Opel Astra, pero todo tiene un precio.
Guardo con mucho cariño los recuerdos de mi visita a La Habana. Este fin de semana a más tardar, prepararé un par de mojitos para brindar por una Cuba verdaderamente libre y con futuro.
Veremos si la historia le absuelve.

