12.31.2007
TRHYLE MOU I ZOU
12.18.2007
Jose, Mari Leo, Almudena y las gambas
Me gusta cenar gambas un día a la semana, sobre todo si he comido bien al mediodía. Ayer, aunque no era día de pescados por ser lunes, fui a cenar unas buenas gambitas bien regadas, como no podía ser de otra manera, con un Barbadillo. Los días en Mérida se acaban. Esta es mi última semana, y me estoy dando cuenta de que mi afecto por esta tierra es grande, pero aún lo es más por su gente.
Me acuerdo perfectamente de mi primer día. Nunca he sido muy de hoteles, sino más bien de la residencia de estudiantes. Me gusta el contacto con la gente, el “buenos días”, el tomar una caña en el “Chorrillo” o incluso escuchar al de la habitación de al lado como se tira un pedo. Decidí hacer del hotel donde iba a estar tanto tiempo, un lugar cercano, y que se pareciera a la residencia.
Jose o Crespo, como a él le gusta que le llamen, es un camarero de los de siempre, de pedigree, educado, simpático, gracioso, y que sabe apuntar bien con la chorra para no mearse nunca fuera del tiesto. Tiene un bigote como el de mi padre y el saludo siempre a mano. Gusto de cuando llega el final del día (no de todos) a tomar una copita con él, a la que siempre me invita, y escuchar las batallitas e historias que me cuenta con pasión. Jose además de preparar el mejor Gin Tonic que se ha preparado nunca, fue campeón de España de cocktails. Se le pone mala leche cuando en su día de descanso, un piltrafilla “que cobra lo mismo que él”, le llama para preguntarle cómo se hace un “Dry Martíni” o un “Bloody Mary” – “y es que no me jodas Borja, pero para ser buen camarero hay que estar preparado”.
Conozco bien a su familia: su mujer, sus tres hijos y su nieto Manuel que ya ha cumplido 6 meses. A todos ellos los he visto en foto. Me cuenta cuando gracias al “Saxo”, un pub que montó durante 10 años en la calle Jonh Lennon, se compró un piso “que hoy vale 50 millones”, y recuerda entre risas que tuvo que dejar el pub para que su mujer no le echase de casa. "Le puse Saxo porque me encanta ese instrumento, lo bien que suena..." (Igual de bien que el Oboe).
A veces está por ahí Mari Leo, y se une a la conversación. Hace ya tres años que enviudó, y sigue día tras día recorriendo los cincuenta km. que separan Mérida de Talavera la Real para hacer las camas, recoger las toallas y ponerte una chocolatina cuando te acuestas. “Cualquier día me cogen los radares y me joden” dice cuando me explica que hace el trayecto en quince minutos. “Yo el alcohol ni catarlo, pero fumar…”. Mari Leo tiene dos hijas, y dice que ya son mayores y por eso no le importa trabajar el día de Reyes, pero que antes no se lo perdía nunca. También le gusta picar a Jose, pero él se muestra impasible, y nunca entra al trapo.
Almudena, está a pocos metros de nosotros, en la Recepción, con la sonrisa en la cara siempre, y cuando digo siempre, es siempre. Nos cuenta los días que libra y dónde va a pasar sus vacaciones. A las siete y media llama como un clavo para despertarme y darme los buenos días, y siempre nos trata con preferencia porque “somos jóvenes y le caemos muy bien”.
Podría hablar de las partidas de cartas en la Galería con Chema, Alberto, mi amigo el Republicano o María Jesús, una mujer de unos cuarenta que nos ha tratado como a sus hijos desde el primer día, aunque reconozco que no se le da muy bien el mus. Esto lo dejamos para otro día.
Ayer me tomé la última copita con Jose y Mari Leo, y para despedirnos, nos tomamos dos, qué coño, con la esperanza de vernos pronto. Parece que esto se acaba, al menos hasta febrero, y en marzo, espero seguir comiéndome mis gambitas y viendo a Jose preparar un Manhattan mientras me cuenta que su nieto ya anda
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